Los peldaños de “La grita” | Daniel Arella

La lengua hecha pedazos de mordida, la garganta de no haber pasado nada y de gran flaqueza que me ahogaba (…) —porque en esto paró el tormento de aquellos días— (…) Pues llegar a mí no sabía cómo, porque todo estaba tan lastimado que no lo podía sufrir.

Sta. Teresa de Jesús, agosto de 1539

 

Las moradas del castillo interior, cuya autora es Santa Teresa de Ávila, escrito en el año de 1577, por solicitud del padre Graciano, compuesto en castellano antiguo con la misión de establecer alianzas entre las autoridades eclesiásticas, corroborar la autoridad de la congregación de las carmelitas descalzas y hacer las alianzas del éxtasis espiritual, fue perseguido, encontrado y juzgado por la inquisición. El libro, tránsito del alma mística que se purifica hasta su éxtasis crístico con el espíritu, está dividido en varias moradas, estructura que la poeta venezolana radicada en Chile, Gladys Mendía (1975), retoma con originalidad para la construcción de su libro, La grita, confusión de voces (2011, 2020), cuyos peldaños son los siguientes, hasta llegar al encuentro final con el Amado:

Primer Peldaño “Barahúnda”
Segundo Peldaño “Turbaciones”
Tercer Peldaño “Combates”
Cuarto Peldaño “Entrega”
Quinto Peldaño “Tesoros y deleites”
Sesto Peldaño, “Heridas”
Sétimo Peldaño, “Encuentro”

Un alma que es La grita, enjambre atormentado de dolor, explosión casi insalvable de un ente perceptivo que no logra escucharse ni sublimar las entradas a la verdad fortificada del espíritu. El detenido ascenso atraviesa el primer peldaño; es decir, la barahúnda. En la puerta el demonio filtra a los iniciados que desean acceder a las moradas espirituales. La purificación es el requisito para ingresar, los impuros de corazón quedarían afuera sin derecho a ninguna clase de oportunidad. Es la plegaria la llave a las moradas, cada peldaño, con lenta maestría, va incorporando el salmo de las hermanas a la verdad de la epifanía. Salvo la humildad, la paz, la felicidad y el amor pueden convertir a La grita en El Alma. Leamos con detalle de qué manera la misma santa Teresa de Ávila describe el alma con lujo de detalles:

Antes que pase adelante, os quiero decir que consideréis qué será ver este Castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida, que está plantado en las mesmas aguas vivas de la vida, que es Dios, cuando cay en un pecado mortal; no hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan oscura y negra que no lo esté mucho más. No queráis más saber de que con estarse el mesmo Sol, que le daba tanto resplandor y hermosura, todavía en el centro de su alma, es como si allí no estuviese para participar de Él, con ser tan capaz para gozar de su Majestad como el cristal para resplandecer en él el sol.

Sólo el silencio inmaculado de la quietud afina los ruidos hasta volver traslúcida la esencia espiritual del místico que atraviesa duras pruebas para hallar la gracia, fruto único de la verdadera justicia. En la quinta morada, la voluntad del alma se rinde deshecha en amor ante su Creador. La sexta Morada cumple un papel definitivo en el complejo ascenso del alma espiritual. Aquí ocurre la herida fulminante del amor de Dios, la agonía dolorosa que se combate en el espíritu que solo tiene una sola arma de guerra: la confianza puesta en la misericordia. En la séptima y última morada sucede el milagro esperado, la unión con la esposa y la iluminación del Diamante que es Cristo.

 

En el libro de Gladys Mendía, cada poema ubicado entre el tramo de la escalera de La grita, tiene un motivo surgido de una lectura llagada de Teresa de Ávila. La voz de la santa se desplaza a un Logos de una familia que se lleva a cuestas, las hermanas, logrando con la protección omnipresente y ritualista de esa tribu de mujeres, un lenguaje de candor exigente que recupera el balbuceo propio de la mística española antigua llevándolo a un nivel de depuración conmovedora del lenguaje. Leamos:

Tesoros y deleites

 

                    “Aspira a lo celeste, que siempre dura”

                  Teresa de Ávila

 

 

I

no queriendo ver

me muestra más

el sol desde su llama

en este peldaño

el viento nombra

los sentidos se adormecen

las potencias

las fuerzas del cuerpo

no sirven en el quinto peldaño

hijitas

no dilatemos la subida

buscando las razones

la dulce voz nos lleva

a la bodega del vino

esa bodega

donde está el néctar

es adentro

profundo

en el eje del alma

La androginación del sustantivo grito elevándola a La grita, no sólo desvela el tratamiento del dispositivo “confusión de voces” desde el título, sino que destaca una propuesta transgresiva desde el principio al transformar el lenguaje con la asfixia, asfixia que ha sido contenida desde hace mucho tiempo y estalla revirtiendo el género del sustantivo grito. Sorprende la observación de Bachelard en su libro de Lautréamont, sobre la fenomenología de la agresión en la poesía que comprende la naturaleza intrínseca del hombre primitivo en el empleo del grito como un arma propia de los primeros cazadores que gritaban para embestir con violencia ante el peligro que acecha, actitud que en el hombre moderno ha desplazado y recluida como acción y efecto del miedo o el terror, sólo gritamos ante ese hecho.

 

Ahora, ¿qué sucede cuando el murmullo se convierte en La grita, porque ya se ha gritado lo suficiente? Lo afónico revela el sonido oculto. Es muy propio de la poética de Gladys circunscribir una reflexión filosófica desde lo fulminante de situaciones límites. Así como en los libros El alcohol de los estadios intermedios (2009) y La silenciosa desesperación del sueño (2010) —que ronda en torno al accidente automovilístico y una meta ironía del peligro–— nos adentramos en un lirismo de sintaxis caleidoscópica por el empleo de la reiteración, como motivo ante la imposibilidad de alcanzar un lenguaje se vaya quebrando como si enfermara o se curara a sí mismo de sí mismo.

 

En la lectura de la poética de la obra de Gladys Mendía podemos observar un dispositivo de alternancias que la prosa detecta de acuerdo a la vocación del libro. A diferencia de los anteriores poemarios que ha publicado, en los que destaca un empleo magistral de la prosa encabalgada con pausas sabias que traman bloques que van iluminando, prosa corrosiva pero que no contiene el delirio parasurrealizante de tales autores, sino una simétrica secuencia en la sintaxis de los versos (que recuerda a los que se reintegran palabras reiterados), junto a versos que se deslizan en el sentido con gran sutileza que termina por amalgamar una narrativa oculta y fulgurante. La violencia de sus libros anteriores que emanan victoriosos con la belleza del mismo trauma, enraizados en la polivalencia de los misterios de una personalidad que se va fracturando con las incorporaciones del sentido. En el caso de La grita, la incorporación de lo que amenaza, la paranoia junto a la plegaria, la protección por la tribu de hermanas, el oráculo se hace despojo y una cadencia depurada resuena en las murmuraciones sabiamente enhebradas, en las que accedemos a un universo misterioso donde se gesta un latido secreto.

 

La sabiduría de lo elemental de su poesía en este libro se desprende del pensamiento fundamental de Teresa de Ávila, una santa que habla desde el amor inflamado de lo más puro, la herida de las hermanas, juntas, no es una herida compartida y más llevadera, es una herida mayor, como el atlas que es la cicatriz con la que Gladys Mendía cose el lenguaje de sus ruinas, estableciendo los puentes de un linaje ancestral:

Siento las quiebras de la grita
son canciones repetidas
que decido no escuchar
el dulce susurro dice soy luz
Entre el enjambre del tormento que resulta de la excesiva comunicación de lo que el testigo narrador va develando a medida que avanza este riguroso poema, sobresale el sonido oculto que une todas las cosas en los enlaces invisibles que convoca este linaje transfigurado de los versos breves, concibiendo asimismo la transición mística del alma:
dulce susurro
su azulada voz saturada del veneno del mundo
muestra algunos secretos en este peldaño
manantiales resplandecientes en el desierto
inician nuevas andanzas originarias
pactos secretos en la cima de los adentros
destellos y fragmentos de espacio inexistente
nada nada nada
no les he dicho nada
y se llena el pecho
de una grita de una grita intoxicada que me condena.

La asfixia no permite callar sino avanzar en una lírica sobria que no se encamina por los senderos experimentales dentro de la simetría propia de la poesía de Mendía. En La grita, la cercanía con el peligro permite los raptos de mayor lucidez, porque ya no provienen de la obsesión temblorosa del trauma, sino que de la textura lírica del lenguaje convoca una coyuntura: se manifiesta tanto el ardor de los signos confundidos y las voces que se atraviesan sin dejar de enraizar los escombros más indeterminados, probabilidades insepultas, desiertos sonoros, búsqueda que son fieles a la esperanza que fortifica el dolor, la pasión de entregarse por una causa justa de acuerdo a lo sagrado de la tribu de las mujeres. Las confesiones figuran un pacto difícil de romper, un acuerdo sinfónico que coopera en el ritmo escalonado de cada verso:

VIII

oigo cara a cara

la voz me mira

entra preguntando

esto puede tomar siglos

quiere quiere

podría decir no

disfrazar el barranco

construir falsos puentes

La promesa y la duda, la fe y la esperanza de purificar las palabras de la tribu en el plano místico cuando arde el lenguaje en clemencia. O cuando enuncia con vitalidad:
esto no puede comenzar así
las palabras son hielos que ruedan por el suelo
antes de ser charco
aguas turbias invaden los pasillos
el incendio en sonoro parpadeo muestra el doble reflejo
no les puedo decir lo que pasa
tal vez si las abrazo
si llevo sus oídos a mi pecho

La sabiduría contenida en La grita advierte de la sencilla emancipación que ocasiona la fe en un lenguaje liberado que no apela a la experimentación estéril ni a la falacia artificial de desmanes abstractos, sino que el verso surge natural en cada uno de los escalones hasta la ascensión de ese diamante que es el alma cuando se cumple la delicia sostenida: ese logro de la constancia en el martirio del amor del místico, que podemos escuchar en los versos de Gladys, afinados con secreta persistencia.

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Daniel Arella

[Caracas, 2 de julio de 1988] Poeta, ensayista, narrador, trap rapsoda y ajedrecista. Licenciado en literatura hispanoamericana y venezolana; Magister en filosofía por la Universidad de Los Andes, con un trabajo de grado sobre el rayo de Heráclito en la poesía de Friedrich Hölderlin. Ha publicado los poemarios: Al fondo de la transparencia (2009); la plaquette El loco de Ejido (2013); El andrógino ebrio en el haitón (2017). Se dedica a la edición, la crítica literaria y la enseñanza. Autor de varias antologías, entre ellas, las obras completas del poeta honguero venezolano Gelindo Casasola, Espacios (2014); Los relatos pioneros de la ciencia ficción latinoamericana (2015, disponible en internet; 2019, primera edición impresa). En 2015 recibió en metálico el XIX Premio Latinoamericano de Poesía por Concurso Ciro Mendía (Colombia), con el poemario Anatomía del grito que permaneció inédito hasta ahora, peregrinando como un talismán entre amigos e iniciados, se publica por primera vez aquí, en una versión ampliada, corregida y repotenciada por el autor. Es editor de la revista de géneros fantásticos IO de Cali, así como miembro del consejo editor de la revista POESÍA de la Universidad de Carabobo. Trabajó igualmente como tallerista de literatura desde el 2010-2016 en la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello en espacios psiquiátricos y penitenciarios; ahora imparte talleres on line de heteronimia literaria, poesía mística, filosofía y budismo para el público general. Tiene una novela inédita de erotismo fármaco-pornista paranormal, titulada TRIL$EX (350 mg) – teatro porno simultáneo.